Una Libertad Vigilada

Alejandro Rodríguez
A Joseph K.
A todos los Joseph K.con los que aprendo cada día

Corren días de mayo cuando Joseph K. termina su medida judicial. Es un chico activo, siempre tiene algo que hacer que le dificulta buscar trabajo. Joseph K. tiene una hija pequeñita, que todavía circula en su carrito. La pequeña no sabe bien la vida que le espera, sólo sabe que cuando ella se llena de baba, su padre coge torpemente un trapo y la limpia con ineficientes manos.

Joseph K. vive con su novia gitana en la casa de sus padres. Es una casa pequeña, en la que a la hora de dormir los colchones no permiten ver el suelo, al que le falta algún pase de fregona más. Cuando llegas a su casa temprano en la mañana, sólo queda él. Su padre, jardinero, ya está sacando malas hierbas con su mano gigante y fuerte, mientras que su madre limpia portales por horas. Entre los dos sacan una miseria, y es con lo que viven junto a su prole.

Joseph K. tiene coche. Hubo tiempos mejores para él. Se lo rifaban en las obras. Trabajaba en la construcción y se sacaba un sueldo más que decente. Así pudo comprarse su bebé; un BMW serie tres de segunda mano. Veinte mil Euros, en la mano. Joseph K. lo mima todos los días. En sus paseos su música inunda la calle. Las chicas vuelven la cara y le sonríen. Los zagales se levantaban de sus motos para saludarlo, mientras él detiene su bebé con su gorra puesta y su cigarro en una mano inerte que cuelga por la ventana.

Cuando lo usureros le dijeron a Lehmann Brothers que se acababa lo bueno, Joseph K. habló con los padres de Jessica y la llevó a vivir a su casa. El bombo tardó tres meses.

La primera vez que vi a Joseph llevaba un rosario al cuello y dos sellos de oro en las manos. Cada vez que le hablaba de trabajar, tosía y bebía de una botella de agua pequeñita e insólita. Tengo claro desde el principio que, siendo su segunda libertad vigilada y teniendo 19 años, no puedo tomar una actitud de fuerza desde el principio. Joseph K. viene suave. Habla mirando a los ojos con una velocidad estudiada. Sus palabras dicen poco, sobre todo cuando se le observa su mirada, su botellita, su postura retirada hacia atrás. Me sentía llamado a su complicidad, el precio que habría de pagarle era no llevarle la contraria, no decirle: “Si quieres ser algo debes currártelo. Sé que no quieres hacer nada, pero en esta medida judicial tienes que trabajar, moverte,…”

Joseph K. es sistemático. Llega antes que yo a las citas, y extrañamente deja pasar una. Su botellita, su sorbo, su pequeña carraspera neurótica, su charla deflectora, y vuelta a casa, su micromundo.

Y aquí está la pregunta, “¿por dónde entrar en su mundo?” Él es una entidad autónoma en su barrio; fuerte, tenaz, seguro en su inmovilismo. ¿Qué siento yo delante de él? Ésa es mi arma fundamental: actuarle de espejo, que sienta que inicia un camino, que su fuerza no se cimente en el diámetro de un subwoofer, que su responsabilidad con su hija es infinitamente mayor que la que tiene sobre su BMWebé. Si lo presiono hacia lo “normal” lo pierdo desde el primer momento; un recurso que ya utilizaron seguramente con él. Si empatizo plenamente, me uno a él con su problemática. Me confundo con lo suyo y lo confundo a él. La estrategia me la enseñó mi compañero Diego hace años: primero un guantazo de realidad, y ayudarlo a recomponerle entre sus pedazos. Sin embargo creo que con Joseph K. tampoco esto va a funcionar. Decido escucharlo, sin muchas ideas previas. Escucharlo de verdad. Ahí Joseph K. me deja una rendija, e intento introducir por ella algo de la sal de mi vida.

Joseph K. falta un día. Me llamó por la mañana y me dijo que no podía venir. Excusa: vacuna de la pequeña. Le pongo el límite. Se rebela, dice que no va a acudir. Le cito la siguiente vez en mi despacho, y tiene que venir de la costa. Funciona muchas veces, ya que comprenden el esfuerzo que supone ir a visitarles a su zona. No acude tampoco. En la reunión de equipo expongo el caso: varón, 19 años, medidas judiciales, desempleado, vive en casa de sus padres junto a su pareja. No responsabilidades, no formación reglada, curso de FPO de jardinería. Veredicto: amonestación de coordinadora del equipo de medio abierto.

Viene a la siguiente cita. Joseph K. ha cambiado de actitud. No suele ser así, pero en ocasiones los chicos tocan fondo cuando son advertidos por otro escalón superior. Comienza a acudir regularmente a las citas, y tiene mejor actitud en las mismas. Accede a buscar cursos de formación, así como a inscribirse en el SAE. Me entero por mi compañera de zona de cursos del ayuntamiento de jardinería y mantenimiento. Vamos a Servicios Sociales. Joseph K. se emociona al ver que está admitido y comete un error importante: le dice que tiene una medida judicial a un tecnócrata. No le llaman más.

Joseph K. se frustra. Se enfada. Chilla en nuestra cita. Sé que tengo que trabajar la tolerancia a la frustración, pero yo también me siento frustrado. Sé que Joseph K. se ha perdido otra vez. Ha sido valiente, ha ido cuatro veces a donde retomaría su formación ocupacional, a la reunión de bienvenida, y curiosamente luego le dejan de llamar. Casualidades que traslucen causalidades.

Pero tenemos suerte. Joseph K. tiene conexión de red en su casa y sabe usar el Messenger. Con poca fe en el éxito, como tantas otras veces, le enseño a usar algún portal de empleo. Se desenvuelve relativamente bien. Parece como si me dijera; “… mírame. A pesar de todo hay cosas en las que no soy tan malo”. Le observo. Él también es rey en su vida. Con su reina y su princesa. Me pregunto cuánta de mi exigencia hacia él no es mi exigencia postergada.

Ahora pasa el tiempo rápido. Joseph K. se estanca en la medida judicial. Decido trabajar su relación con su pareja y su hija. No lo encaja bien. Mi intención e s ver cómo es el reparto de tareas, y observar cómo hacen la planificación familiar. Es demasiado. Se revuelve y ataca claramente. Me pregunta cuál es el objetivo. Nuevamente me siento torpe. Me he precipitado y doy un paso atrás. La familia es sagrada y mi genuflexión pasó desapercibida. Le pido perdón y lo reformulo. Ahora sí. Comprende, y el pedir disculpas me baja de la nube técnica y me pone a su lado. “Siempre sin condón. Ella sabrá”.

Joseph K. llega a sus últimos meses. Su pareja ha comenzado a trabajar en un cibercafé. Ahora es él quién está cada día con la pequeña. Joseph K. y yo nunca habíamos hablado de que realizara la ESA. Siempre pensé en que era trabajo perdido. El último día de la medida judicial me lo suelta encima de la mesa. Viene de buen humor y trae su encuesta de evaluación. Mis notas son todas las máximas. Bebe un sorbo de su botellita, se echa para atrás en su silla y mirándome fijamente afirma que se va a matricular para conseguir su graduado Logsiniano. Sé que no lo hará, pero ese sabor agridulce me hace preguntarme, tras el abrazo sincero de despedida: “¿Quizá sí lo haga?”.

Alejandro Rodríguez
Técnico de Medio Abierto
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Galería | Esta entrada fue publicada en Revista 13 - Noviembre de 2011. Guarda el enlace permanente.