Ver la escuela con ojos de niño: III Encuentro Nacional: Asociación Pedagógica Francesco Tonucci

Manuel Alberto Pérez Sánchez. En una hipotética (y poco probable) visita de Pablo Ruiz Picasso a la Málaga del siglo XXI habría millones de cosas que le sorprenderían: la fauna de chicos y chicas mandándose “guasáps” en la plaza de la Marina, restaurantes de diseño que ya cambian el aceite, todo un museo dedicado a sus obras… tendría que acudir a un colegio y toparse con los estajanovistas del complemento directo para encontrar algo que prácticamente no hubiera cambiado nada desde que él dejara de respirar el malacitano terral.

Para luchar contra esta hipérbole se creó hace años la Asociación Pedagógica Francesco Tonucci, que los pasados días 1, 2 y 3 de junio celebró en Granada su tercer encuentro nacional bajo el estimulante título de “La escuela y la educación que queremos”.

Unas trescientas personas acudimos al reclamo de unos conferenciantes de auténtico lujo (caro, eso sí) y con el objetivo de conseguir ver la escuela con ojos de niño. Como la canción de Dylan, cuando no tienes nada, no tienes nada que perder.

Ya la recepción y entrega de material mostraba que este no iba a ser un encuentro al uso: un guante de colores (talla xs) y una bolsa de canicas reivindicaba el nombre de James Matthew Barrie entre los pedagogos modernos. Además, se agradeció que en la inauguración no apareciera ninguna de las autoridades invitadas, ni las educativas ni las otras.

Abrió la presidenta de la asociación, Mª del Mar Romera, conocida por estas lides por dar nombre a un pujante colegio de La Cala del Moral. Y expresó diversas pistas aportadas por niños y niñas para mejorar la escuela, la mayoría tan sensatas como que lo que se enseñe esté relacionado con lo que ya se sabe, que haya animales y plantas que se puedan tocar y que el profesorado solo enseñe lo que le gusta, porque se le nota que disfruta.

         El programa indicaba que el siguiente ponente era Miguel Ángel Santos Guerra pero éste, a modo de Marlon Brando en la ceremonia de entrega de los oscars de 1972, envió a su amiga Elena, que leyó un precioso cuento, del que aprendimos que amar no se puede conjugar en imperativo.

         José María Toro, maestro y estudioso de la creatividad, expuso su metodología, basada en amar a los niños y a la vez amarse a sí mismo. Abogó por una escuela con menos burocracia y reivindicó el uso pedagógico del suelo en oposición a las estáticas aulas TIC. Y ante la ola de apocalipsis en educación, hizo uso de un Ortega corregido y aumentado, sosteniendo que somos yo y lo que hacemos con las circunstancias.

         Llegó el turno de Jaume Carbonell, director de la revista Cuadernos de Pedagogía y volvimos a aterrizar. En su estilo tosco, rechazó el tópico de la cultura del esfuerzo (“si al alumnado le entusiasma algo, se esfuerza”). Explicó que los niños tienen cien lenguas, pero que le solemos robar noventa y nueve y dio un principio metodológico extraordinario: para saber cuándo hay que enseñar a un niño, basta con mirarle a los ojos, mientras que para saber qué hay que enseñarle, hay que mirar alrededor. Estableció unos ejes para la mejora de la educación: cohesión social del grupo, eliminando individualismos (que no individualidades); oralidad, dialogo y comprensión lectora; participación democrática en el grupo; conocimiento innovador; relación con el entorno y globalización del conocimiento; reconvertir las escuelas, haciéndolas más verdes, con más colores y con más aventura; y profesorado más formado, más humano y más comprometido socialmente. Terminó con la deliciosa alocución de Federico García Lorca al pueblo de Fuentevaqueros en la que rechazaba pedir solo pan y reclamaba también un libro, ya que de lo contrario acabamos convirtiendo a las personas en máquinas. Tremendo, Jaume.

         Concluyó el turno el esperado Francesco Tonucci. Con hermosas historias de partisanos que prefieren conquistar la escuela antes que bombardearla y de niños gitanos que no se quieren sentar en su pupitre porque no están cansados, reconoció que, tal como le preguntó un niño, tiene pocos amigos maestros. Por momentos estuvo irónico afirmando que solo las drogas rentan más que la educación, pero los estados no pueden fomentarlas y puso briznas de esperanzas al recordar que las épocas de crisis fomentan la creatividad. Como colofón, instó a que los alumnos participen en la vida de la escuela, ya que la democracia no se enseña, sino que se vive.

La jornada concluyó con la sorprendente actuación del mago Migue, auténtica estrella local, que demostró que se encuentra igual de a gusto mostrando su arte con los niños que con sus madres.

La mañana siguiente contó con la charla de Carmen Boqué, experta en mediación escolar, que relacionó la paz con la justicia social y su fomento en la escuela, criticando el que hoy en día ya no nazcan personas, sino alumnos, ya que la vida está programada y concluyó, con Gandhi, que educar no es darle a alguien algo que no sabía sino hacer una persona que no existía.

Nuestro José Antonio Binaburo optó por facilitar un manual de instrucciones para la adolescencia, insistiendo en la necesidad de que la formación del profesorado dé un giro de 180 grados, incluyendo en la misma a las familias y al alumnado. Y no se resistió a contar una anécdota de su infancia, cuando se preguntaba amargamente si su maestro le quería. Fue, por otra parte, el único de los ponentes que nombró a profesionales de la orientación.

La cuota feminista la puso Amparo Tomé. Desmontó el tópico de que los niños son más activos (¡cómo no van a serlo, si ocupan el 80 % del patio!), criticó que la transgresión de niños que juegan a “cosas de niñas” esté más castigada que la transgresión de niñas que juegan a “cosas de niños”. En la construcción de la identidad, sostuvo, no puede eliminarse lo femenino, a no ser que se ampute la personalidad. Rechazó divinizar la maternidad, manifestando que es igual de maravilloso ser mujer y madre, que ser mujer y no serlo y criticó especialmente las presiones por la belleza con el fomento de la cirugía.

         El primer invitado no expresamente del ámbito educativo fue Javier Campos, montañero y aventurero, que nos transmitió que las expectativas son lo que nos acaba haciendo infeliz. Y es que a Javier, como a muchos de los que estuvimos allí, lo único que le enferma es la palabra imposible.

         Juan Vaello avisó del peligro de la queja como sistema de trabajo, que acaba instalando la pasividad. Hizo apología del trabajo en equipo, compartiendo soluciones y opuso la “o” de obligatoriedad, que genera pasividad, con el resto de vocales: atención, empatía, interés y utilidad.

         Por sorpresa apareció José Antonio Marina, que animó a aprovechar el momento que un niño nos dice “mira lo que hago”, porque nos demuestra que ha mordido el anzuelo pedagógico. Y nos avisó del peligro que tenemos los que trabajamos en educación de hacer demasiadas preguntas al alumnado, so pena de que nos pase como a aquel maestro que le preguntó a un niño qué eran los artrópodos y el discente le contestó “ojalá yo tuviera las mismos problemas que tiene usted”.

         La jornada del sábado terminó con una excelente sesión de gimnasia emocional a cargo de José Luis Bombela. Comenzando por las tres “haches” de honestidad, humildad (“el ego es un cabrón” –sic-), y hechos, abogó por utilizar el autorrefuerzo frente al autolátigo. Una puesta al día de las teorías de Ellis, tan amena y útil como histriónica.

         Entremedias, merece la pena destacar a ponentes en su adolescencia, con nombres y apellidos, que describieron la escuela por dentro, la que ellas ven. Sobrecogedor testimonio el de una de ellas, que se consideró invisible hasta que un docente la hizo visible.

         La última jornada comenzó con Carlos Sampedro, profesor de instituto y colaborador del Parque de las Ciencias que demostró que las ciencias (y la divulgación de las mismas) pueden y deben ser divertidas. Reivindicó su importancia para actuar con criterio en una sociedad inundada de pseudociencias con bata blanca y criticó que, ante la falta de tiempo, siempre se mutilen de los kilométricos programas el diálogo, la hipótesis y la discusión.

         Siguiendo con ciencia, José Luis García Pérez, experto en células madre, explicó de manera sencilla los últimos avances en el tema, aclarando que el establecimiento de dogmas de fe es lo más peligroso que se puede hacer en ciencias, porque cierra las puertas a investigaciones posteriores. A todos nos dejó dudas: la mía giraba en torno a la posibilidad de crear orientadores y orientadoras para los mermados equipos de orientación a partir de células madre.

         Quedaba una mesa redonda con los expertos, pero el encuentro, aún habiendo sido de un enorme nivel, había dejado de lado un aspecto importantísimo de la escuela: la diversidad. No puede haber una escuela que queremos si no es para todos y todas. Ese fin de semana era mágico, no cabe duda, porque de entre los presentes emergió un padre que, de imprevisto, tomó sitio en la tribuna y fue la voz de su hija. Las hermosas palabras de Lara, en boca de su padre, fueron un recorrido sintético por todo el encuentro, enhebrando frases de unos y de otros, haciendo un resumen perfecto, reclamando otra escuela, pero a la vez criticando el olvido de la organización de esos niños y niñas que, como Lara, tienen necesidades educativas especiales.

         Ahora sí, el encuentro estaba completo y las últimas palabras de todos estuvieran mediatizadas por la subida de la tensión emocional y por el deseo de una escuela inclusiva para todos y todas. Que ya está bien que todo cambie para que todo siga igual (¿escribiría Lampedusa otra frase?).

         Fue un encuentro sin otro lugar común que la mención a la película de Aristaráin. Donde los ponentes fueron presentados por niños y niñas. Donde los asistentes fuimos recibidos con flores. Donde los participantes eran agasajados con una bolsa de canicas, para no perder jamás la ilusión. Donde no se habló del ambiente laboral, sino en cómo hacerlo mejor.

         La escuela con ojos de niño. En la divertida película “Sopa de Ganso”, Groucho Marx exclamaba “esto lo entiende hasta un niño de cuatro años: ¡traigan a un niño de cuatro años!”. Todos los días los tenemos a nuestro lado. No es tan difícil. Basta con ver a través de sus ojos.

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