LA FUGA

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José Melero Martín.

La idea surgió un día en el patio. Paquito el Chino, Heredia y yo, los tres inseparables, los tres incorregibles. Andábamos sin pararnos entre los demás, que hacían grupos y hablaban en voz baja cuando pasábamos a su lado: los latinos por un lado, los chinos, los de la China de verdad, por otro, incluso había un grupo cada vez más numeroso de personal del Este: rumanos, ucranianos y así, gente con las que no queríamos nada, sobre todo con los latinos, siempre dispuestos a provocarte, a buscarte la boca: ruineros. Un grupo de pringaos del pabellón 2 jugaba al fútbol como si les fuese la vida en ello. Los de la guardia nos observaban sin intervenir demasiado, rondando entre nosotros, hablando incluso a veces con algunos chivatos que les pasarían información a cambio de favores: estos eran los más despreciables. A mis colegas y a mí nos gustaba caminar lentamente hasta la esquina más alejada del patio, haciéndonos respetar sin pronunciar palabra, con nuestros gestos de veteranos curtidos, y allí encendíamos unos cigarros que fumábamos dándoles hondas caladas. Los de la guardia nos miraban desde la distancia pero nunca se nos acercaban. Y fue entonces, cuando Heredia se dio cuenta de que en el muro había una zona pequeña, de apenas medio metro de longitud, en la que la alambrada que lo coronaba estaba caída, supusimos que por efecto del óxido, ya que se trataba de una construcción antigua. El Chino, calculó que si uno hacía de base, otro podría alzarse sobre sus hombros, lo justo para poder alcanzar el borde de la tapia. Repetiríamos esta operación y una vez arriba podríamos alzar al tercero hasta arriba. El resto sería lo más sencillo: terminar de tumbar el trozo de alambrada y desde ahí saltar a la libertad.

            El plan parecía viable, solo faltaba esquivar a los de la guardia. Y fue así que durante unos días, desde nuestra esquina, observábamos las rutinas de los vigilantes. Solían permanecer siempre en el mismo sitio, en grupo, cerca de la entrada a los pabellones. A veces, según el turno, alguno de ellos rondaba para hacer notar su presencia, pero rara vez llegaban hasta el extremo en el que solíamos situarnos, a excepción del más cabrón de todos ellos, Poveda, o como le apodábamos todos, el Terminator, un tipo duro de verdad, tanto que hasta nosotros le temíamos. Hablaba siempre a voces, salpicándote la cara de saliva, dirigiéndose al infeliz de turno por su apellido, ya que parecía conocernos a todos. Cuando él paseaba, un espacio se abría a su alrededor, nadie quería ser el objeto de su ira, y bastaba cualquier excusa para que ésta se desatara. Todo para él era una infracción: un papel tirado en el suelo, hablar demasiado fuerte, cualquier movimiento que interpretara como agresivo, era suficiente para que aplicara medidas disciplinarias. Lo que más le gustaba era la habitación de aislamiento y si le cabreabas era fácil terminar allí. El cabrón de Poveda, cuánto le gustaría a más de uno tener la ocasión de vengarse de sus abusos, de borrarle ese gesto prepotente y chulesco de la cara. Se dice que hace años alguien, sin poder soportar más sus humillaciones, se le revolvió y no pasó nada más porque se lo quitaron de encima. Dicen que ese valiente fue trasladado y que no volvió a saberse nada de él, pero yo creo que son solo habladurías.

saltar-muro            Por fin llegó el día fijado y al regresar del patio nos rezagamos y ocultamos tras las columnas de la entrada de uno de los pabellones, a cubierto de las cámaras que había instaladas en el primer piso. No podíamos creer que nadie nos hubiese visto, pero pasaron los minutos y no pasaba nada. Por fin, nos miramos y sin decir una palabra, corrimos hacía la esquina donde la alambrada estaba caída. Miré hacia las ventanas del Pabellón 1 y vi a uno de los compañeros que nos miraba con asombro, quizá nos delatase, pero habíamos llegado al muro y Heredia ya estaba pegado a él mientras el Chino trepaba hasta ponerse de pie sobre sus hombros. Alargó los brazos y se quedó suspendido de las manos intentando llegar al borde con la pierna. Parecía que no lo iba a lograr, pero con un último esfuerzo consiguió alzarse. Se sentó y nos miró sudoroso y sonriente. Yo le seguí, ya que Heredia era el más alto de los tres. Imité al Chino y éste me ayudo a subir. Solo faltaba Heredia que, todavía abajo, se me figuró muy lejano. Pensé que no lo conseguiría, pero dando un salto increíble consiguió alcanzar la mano de Paquito y entre los dos tiramos de él hasta izarlo. ¡No podía creerlo! ¡Lo habíamos conseguido! Desde la altura contemplamos las pistas y los pabellones al fondo, donde ahora, a través de las rejas, podían verse algunos rostros que nos miraban boquiabiertos. Nos incorporamos y con los pies vencimos la alambrada caída hasta que pudimos superarla sin quedar enganchados. Solo nos quedaba saltar hacía la libertad.

            Estábamos en mitad de la calle y sabíamos que debíamos alejarnos de allí cuanto antes. Solía haber un coche patrulla que rondaba el exterior y si aparecía no podríamos escondernos, así que corrimos, corrimos como almas que lleva el diablo, para desaparecer pero también para celebrar nuestra libertad. La gente se apartaba a nuestro paso y nos miraba con recelo, imaginando seguramente que habíamos escapado. Seguimos corriendo hasta que nos quedamos sin aliento junto al parque. Pensamos que éste sería un buen sitio para ocultarnos un rato. Nos sentamos a descansar en uno de los bancos, junto a un viejo que se levantó al momento y se alejó volviéndose con desconfianza. Nos reímos de su cara de susto mientras encendíamos unos cigarros que nos supieron mejor que nunca. Fumamos echando el humo por la nariz, mientras mis colegas vacilaban a las tías que pasaban cerca. El Chino era el más lanzado, pero con la cara que tenía no se comía una rosca: el pobre era feo de verdad, con esos ojos como dos rayas y esos dientes que casi se le salían de la boca. Nos conocimos cuatro años antes, cuando ingresamos en el centro. Heredia llegó dos años después, trasladado, según dijo, por mala conducta, aunque no le gustaba mucho hablar de él mismo ni de sus cosas. Heredia era un tío legal, de esos en los que puedes confiar.

Patio cárcelEstábamos llamando demasiado la atención. Yaabrían notado nuestra ausencia y estarían buscándonos: teníamos que desaparecer, así que nos levantamos y decidimos ir a donde el Taran, que tenía su negocio bastante cerca. Nos metimos por los callejones de la zona antigua, pendientes de la poli, que podía aparecer en cualquier momento y por fin llegamos al estudio “Tarántula Tatoos”. El Taran, amigo de un primo de Heredia, era un tío muy enrollado a pesar de que ya tenía más de treinta años. Llevaba medio cuerpo tatuado y decía que antes de los cuarenta lo tendría entero. El colega le daba muchas vueltas al tema y solo se hacía uno nuevo cuando lo tenía muy claro. Cuando entramos estaba con una cliente, una tía sin camiseta tumbada bocabajo. El Taran le estaba tatuando una serpiente de colores que le salía de debajo del vaquero y le llegaba hasta el cuello. Cuando vio a Heredia dejó el aparato, se levantó y le dio un abrazo. “Tíos, pero, ¿qué hacéis en la calle?”. La tía de la camilla volvió el cuello para mirarnos. El Chino estaba como hipnotizado mirándole la espalda y el culo. “Pasad dentro y sentaros”, dijo encendiendo de nuevo la máquina de tatuar, “Enseguida estoy con vosotros” “¡Qué cabrones!”, murmuró para sí mismo mientras seguía delineando la cabeza de la serpiente en el cuello de la pava. Los tres nos sentamos y mientras encendimos unos cigarros, Heredia, con esa expresión suya de “esto es solo para vosotros”, nos pidió que nos acercáramos y se levantó uno de los perniles del pantalón, en el que tenía a medio tatuar una rata que le daba la vuelta completa al tobillo. El Chino y yo nos quedamos alucinados, no sabíamos que tenía aquello en la pierna. “Me lo hizo el Tarántula la última vez que vine a verle pero no tenía bastante dinero para pagárselo de una sola vez, así me lo va dibujando a plazos. “¡Qué guapo!”, dije teniendo más claro que nunca que me haría uno en cuanto reuniese lo suficiente. Cuando el Taran terminó con la tía se acercó a nosotros y para celebrar nuestra fuga sacó de la mininevera unas cervezas que bebimos encantados. Le contamos con detalle lo de la fuga y el tío se reía y decía que éramos muy grandes. Después nos contó la historia de alguno de sus tatuajes y me mostró unos catálogos para que fuese escogiendo, aunque yo tenía claro que lo que quería dibujarme era el nombre de mi novio, Dani. Sería una sorpresa para su cumpleaños y estaba segura que le encantaría.

            Seguimos charlando y bebiendo, pero la mañana iba pasando y teníamos que seguir moviéndonos, así que nos despedimos del Taran y salimos a la calle sin un plan concreto. Creo que nos confiamos porque íbamos algo chispados con las cervezas, porque el caso es que al volver la esquina nos encontramos con un coche patrulla y dos maderos que se nos echaron encima sin darnos tiempo a escapar. Heredia se puso chulo, pero lo metieron en el coche de un empellón, como a nosotros. Ni siquiera les hizo falta preguntarnos de dónde veníamos porque ya nos conocían. El coche recorrió despacio el camino de vuelta al instituto “Poeta García Lorca”, hasta que éste apareció amenazador al fondo de la avenida con su muro y su valla alambrada tras la que se alzaban los dos pabellones de ladrillo. Llegamos a la entrada y enseguida salió a recibirnos el Director con los de guardia. “Hombre, Heredia, Paquito y Sara, os estábamos echando de menos”, dijo irónico. “Ya he avisado a vuestros padres pero, mientras, vais a pasar a mi despacho.” Tras el sermón habitual, el mismísimo Poveda no acompañó a clase y entramos en ella interrumpiendo a la de inglés que estaba, como siempre, con los verbos irregulares. El resto de cagaos no se atrevió ni a volver la cabeza, se veía que estaban advertidos. Sentada en mi sitio, a través de la ventana enrejada, vi al coche patrulla alejarse calle arriba. Nos habían pillado, pero la fuga había valido la pena. Mañana nos expulsarían por lo menos una semana y aprovecharía para que el Taran me tatuase el nombre de mi novio.

José Melero es Orientador Escolar.

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Galería | Esta entrada fue publicada en Revista 18 - Mayo 2014 y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.